Textos Solidarios: Híbrida

Ahlam no podía dejar de morderse las uñas. Un vicio asqueroso que era incapaz de contener cuando estaba nerviosa. El esmalte de uñas color ceniza estaba comenzando a notar las consecuencias y no podía permitirlo. Decidió acercarse a la mesa donde esperaba el catering y servirse ella misma una copita de cava. Quizás notar el cosquilleo de las burbujas en su garganta aliviase un poco tanta tensión.

El cava comenzó a tintar sus mejillas y a hacer que se arrepintiese de haber decidido dejarse su larga melena suelta. Los rizos sobre la nuca empezaban a molestarle. Por contra, estaba más relajada y sus uñas lo agradecieron. Todavía faltaba una hora para la apertura de la galería pero Ahlam había insistido en revisarlo todo ella misma , no quería dejar ningún cabo suelto. Decidió dar un último paseo entre sus láminas. No pudo evitar pararse frente a la titulada “Niña en el parque”.

La piel se le erizó. Por un momento recordó aquella escena como si estuviese viviéndola en ese mismo instante. Podía oler el humo del cigarrillo de su madre que sentada en un banco la miraba distraída. Podía notar la arena dentro de sus uñas. Vio a una niña con un gran lazo rojo recogiéndole el pelo y también vio la preciosa muñeca que llevaba en las manos. Ni corta ni perezosa se dirigió hacia ella, quizás pudiesen jugar juntas. Pero cuando se acercó la niña se giró hacia su madre y le dijo:

-Mamá esta niña es muy negra ¿verdad?-

¿Se refería a ella? Ella se veía normal, bueno como todas, quizás un poco más morena. La madre de la niña del lazo contestó:

-Sí cariño, e igual también muerde. Vámonos.

Ahlam sintió otro escalofrío. Es curioso como con tan solo tres años se puede tener una percepción del desprecio. Pero ahora todo era diferente, todo había cambiado.  Lejos quedaron aquellos años de tristeza, de búsqueda de su propio ser. De no saber realmente quién era. Porque ¿quién era? Era un híbrido. Una mezcla. Mitad árabe, mitad española. Y seguramente con un poquito de muchas otras razas que dejaron su rastro en la sangre de sus padres. Decidió continuar su particular repaso a su propia obra.

Esta vez se fijó en la lámina titulada “Olores“. Este dibujo lo constituían narices, de todas las razas y formas posibles. Por un momento volvió al instituto. Volvió a preguntarse porqué casi no tenía amigas. Volvieron a resurgir aquellas malditas palabras que lo explicaban todo:

-Mi madre dice que si no voy mucho contigo mejor. Que tus ideas pueden llevarme por mal camino y que tu terminarás siendo la chacha de tu marido y dependiendo de él.

Ahlam no podía creer lo que estaba oyendo. Se había criado en un hogar donde las mujeres lo llevaban todo. Eran heroínas. Trabajaban, cuidaban de sus casas, gozaban de libertad para hacer y decir lo que quisiesen. Se había criado en un hogar español y agnóstico dentro de lo que cabía y allí estaban muchos de sus compañeros poniéndole etiquetas que ni ella misma entendía. Con los años entendió que aunque se hubiese criado en el hogar de su padre (árabe) la gente la habría etiquetado igualmente. Quizás los mismos árabes por no seguir las normas de su propia cultura. Eso era ella: una mezcla.

Ya solo quedaba media hora para la apertura. Ahlam María se atusó el pelo y se obligó a poner una de sus mejores sonrisas. Se dio cuenta que hasta su nombre le hacía gracia: Ahlam María. Una muestra más de lo que era Ahlam (árabe) y María (uno de los nombres más comunes en el cristianismo). No pudo evitar soltar una risotada que hizo que los camareros la mirasen.

Llegó a la lámina titulada “Sevillana con pañuelo de monedas“. En ella se veía a una joven bailando en una habitación. Un chico la miraba sentado sobre la cama. Sus manos simulaban tocar las castañuelas pero su atuendo no mostraba lo mismo ya que iba ataviada con un pañuelo de monedas como los que se utilizan en la danza del vientre. Entonces oyó la voz de Juan que le decía a una Ahlam María de diecinueve años.

-Princesa, báilame.

-¿Qué quieres que te baile, Juan? Se me da fatal.

-Bueno, eres medio árabe. Seguro que sabes bailar la danza del vientre.

Ahlam le miró intentando fulminarle con los ojos pero luego hizo una mueca traviesa y le espetó:

-Entonces seguro que tú sabrás bailarme unas buenas sevillanas ¿no?

Al menos aquel recuerdo consiguió relajarla recordando lo que siguió, un amasijo de carne entre las sábanas deseoso de besos y abrazos.

Ya podía ver a los fotógrafos en la puerta del local esperando que comenzasen a desfilar todos esos famosos que se suponía que iban a acudir para ver, contemplar y comprar (al menos eso esperaba) alguna de sus obras. El camino había sido difícil, muy difícil. Todo lo que tenía era fruto de su esfuerzo y el de sus seres queridos: su madre, su abuela, sus medio-hermanas (no tenían el mismo padre.  Pero había merecido la pena. Había conseguido llegar a lo más alto con sus pinceles y sus colores. Por supuesto que se había tropezado con gente sin escrúpulos, egoístas, racistas encubiertos en una capa muy fina de modernidad y respeto.

Las puertas se abrieron y comenzaron a entrar muchos de aquellos estirados que ahora se jactaban de conocerla pero que hace unos años puede que se apartasen por miedo a que les mordiese y les pegase la rabia. Lo malo te hace más fuerte y Ahlam sonrió. Sonrió para sus adentros complacida. Todo lo que sacase con la ventas de sus obras, todo el dinero de esa gente poderosa iría destinada a niños como ella, niños híbridos de Marruecos, híbridos de España, híbridos de China o la Polinesia. Al fin y al cabo ¿Quién a estas alturas no es un híbrido?

 

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