Cristales rotos. (Relatos solidarios)

El coche circulaba por una calle desierta mientras Mahdi miraba por la ventana, repantigado en el asiento trasero junto a su hermana. Habían dejado atrás su antigua escuela dos calles antes, a la que hacía dos meses que ya nadie asistía. Una bomba barril había impactado sobre ella y se podía ver, desde la calle, el interior de la que había sido su aula durante diez años. Escuchaba a sus padres hablar, sin prestar demasiada atención. Estaban alterados y discutían mientras su padre conducía con violencia poniendo en serio peligro los amortiguadores del coche.

—Tenemos que irnos de aquí, no podemos seguir así —dijo la mujer—. Ayer hablé con Orhan y me contó que habían violado a la hija de Zaid. ¡Son nuestros vecinos! La próxima puede ser Anna, nuestra hija, ¿no lo entiendes?

La niña se revolvió en el asiento, incómoda al escuchar su nombre. Sólo tenía diez años pero, desde que empezó la guerra, había crecido mucho más rápido de lo que se esperaba en una muchacha de su edad y entendió demasiado bien aquella frase.

—Ya, ya lo sé —dijo el padre cansado—, pero tenemos que buscar una alternativa decente. No estoy dispuesto a meterme en un campo de refugiados ni a entrar en Europa, donde seríamos poco menos que vagabundos. Mañana tenemos una reunión en la universidad, creo que podemos llegar a una solución entre los profesores. No te preocupes, Jana, encontraré una manera de sacarnos de aquí, te lo prometo.

El hombre posó una mano en la pierna de la mujer, conciliador. Ella la agarró y se la llevó a los labios para darle un beso.

Mahdi se encontraba muy lejos de allí, recordando cómo la semana anterior él y sus amigos habían tenido que enterrar los cuerpos violados y quemados de las mujeres del pueblo vecino. El hedor a carne quemada y a muerte no lo habían abandonado aún.

De pronto, entre los sonidos de disparos lejanos, un estruendo de cristales rotos rompió el ambiente: la luna trasera del coche se había hecho añicos. Jana gritó y se agachó, Mehdi se protegió la cabeza con los brazos y el padre pisó el acelerador para alejarse del lugar lo más rápido posible. Cinco minutos más tarde, detuvo el coche en un lugar que consideró seguro.

—¿Estáis bien? —preguntó Jana girándose hacia atrás.

Mahdi levantó la cabeza para decir que sí, que estaba bien, que no se preocupara, pero entonces miró a su hermana y vio un gran agujero negro en su frente. Poco a poco comenzó a salir un líquido espeso y rojo de aquel pozo, inundando la cara sin vida de la niña, sus ojos abiertos y la congelada expresión de horror que aún mantenía.

 

 

Un alarido despertó al chiquillo del sueño. Miró a su alrededor mientras intentaba calmarse, controlando la respiración agitada. Había mojado la cama una noche más. Otra vez ese sueño, otra vez ese recuerdo que no lo dejaba descansar; le martilleaba, le torturaba. Recogió las sábanas y se cambió de ropa. Quizá, si se daba prisa, aún podría ir a lavarlas antes de que el campo iniciara su actividad, pero la oscuridad de la noche palidecía ante un inminente amanecer, y fuera de la caravana ya se escuchaba el trajín del nuevo día. Salió de la estructura de metal en la que vivía y observó la calle: nadie hablaba, nadie reía, todos caminaban de un lado a otro con la mirada fija en el suelo.

—Tienes que irte a Zaatari. Mañana mismo sales para allá, Mahdi. No es un consejo, es una orden —había dicho su madre dos años antes.

Mamá. Papá. ¿Dónde estarían en ese momento? ¿Pensarían en él o se habrían reunido con su hermana? Miró al cielo y deseó que no fuera así. Si todo aquello terminaba volverían a estar juntos, o eso le habían prometido. Los echaba de menos, pero ya ni siquiera podía llorar.

Llevaba dos años allí y la vida era cada día igual, nunca había nada que hacer. Ojalá se hubiera quedado en casa y hubiera podido estudiar medicina, como le había prometido a su padre. Ojalá la maldita bala no hubiera alcanzado a su hermana. Ojalá sus padres estuvieran bien. Ojalá pudiera besarlos cada mañana. Ojalá la guerra no hubiera empezado.

De pronto pensó que tantos ojalás perdían sentido.

 

 

Muy lejos de allí, al otro lado del Mediterráneo, una familia se reunía para comer un domingo cualquiera. La televisión sonaba de fondo:

“Nos encontramos en Zaatari, Jordania, segundo campo de refugiados más grande del mundo con 80.000 personas censadas. La crisis no remite, una tercera parte de los niños vienen sin compañía y las ayudas están siendo recortadas. La comunidad internacional alerta del peligro que supone la sequía en los países receptores, la cual complica aún más el bienestar…”

—Claro, claro, que se vengan a Europa, que aquí no tenemos problemas suficientes. Dame el mando, María, vamos a poner algo más agradable para comer, ¿no?

—Oye, papá —dijo la niña mientras le entregaba el mando a su padre—, he decidido que para mi cumpleaños quiero un chaquetón nuevo para esquiar. El que tengo se me ha quedado pequeño.

El hombre lanzó una carcajada.

—¡Qué rápido creces, niña! Bueno, está bien, lo pensaré —dijo guiñándole un ojo a su hija.

La muchacha sonrió y besó a su padre, era el mejor del mundo. Sería fantástico volver aquel invierno a la sierra con sus amigas.

La televisión, en otro canal, seguía con su cantinela:

“Miles de personas se han reunido para probar la tortilla más grande del mundo en Vitoria. Han sido necesarios mil seiscientos kilos de patatas, dieciséis mil huevos, ciento cincuenta litros de aceite…”

One thought on “Cristales rotos. (Relatos solidarios)

  1. El problema no es que sea tan duro, el problema es que es real: esto está pasando día tras día.
    Pero lo más duro es el contraste entre el sufrimiento y la indiferencia. Esta es la esencia de nuestro proyecto: despertar conciencias, darle voz a los ignorados, pero sin sensacionalismo y sin hacer una exposición gratuita de la imagen más horrible de estas tragedias.
    El relato no es bueno, sino lo siguiente: es perfecto. Te agradezco infinito el esfuerzo que realmente ha merecido la pena.
    Están llegando muchos textos, de mucha calidad porque pienso que nos lo estamos tomando muy en serio y está aflorando lo mejor de nuestras capacidades. Sería imposible y además injusto compararlos y decir si uno es mejor que otro, pero haciendo una excepción tengo que decir que este texto es ejemplar: ha centrado el foco en el tema fundamental del libro: existe un mundo que sufre y otro mundo que lo ignora.
    Muchas, muchas gracias.

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